diez

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Se había cansado del vaivén de sus caderas entre sus piernas abiertas y fue precisamente ese el motivo de las maletas esperando junto al botón naranja del ascensor. No soportaba ni un minuto más su aliento (ahora pútrido) jadeando baboso sobre sus pezones, su voz tarareando a Ray Charles cuando el huevo caía sobre el aceite hirviendo, la desdicha de sus traumas infantiles no superados. Por eso se fue y no volvió jamás. Si aquel hombre hubiese eyaculado una vez más sobre su vientre dorado se hubiese vuelto loca hasta llegar a destrozarse su propia lengua a mordiscos. Estaba demasiado molesta por culpa de los ojos negros que jamás le habían mentido, por aquella barba de dos días que antes la hacía pensar en un viejo cantante de grupo de rock.
Le hubiera gustado echar la culpa a alguien. Pero frente a la cama tan sólo quedaban las cosas que ya ninguno quería. Lloró lágrimas falsas para fingir las barreras infranqueables del cariño y quitó de sus alas de mariposa las fuerzas necesarias para levantar los quince pares de zapatos de tacón que se llevaba. 
Se encontró en el portal con una vecina que le preguntó si se iba de viaje. Contestó que iba en busca de un cielo más azul. Se despidieron con una sonrisa sincera y ya nunca volvió a ser la misma.

3 comentarios:

eme ce dijo...

Se mastica como algo tan jodidamente real, que da miedo. Mi humilde enhorabuena. Sigue tecleando. Gracias.

M.Hausmann dijo...

me gustan tus relatos eroticos, tienen alma.

Anónimo dijo...

(Sigo sin poder contigo, y lo mejor es que te dará igual cuando lo leas. Por eso lo escribo).