veintidós


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Fascinada por la ingravidez de tus actos me precipito sobre el destino que al parecer me espera. Agarro mi fingida desdicha con la mano izquierda reservando la derecha para asir tu hombría desoladora (deteniéndome ahora mismo para aclarar que no hay eufemismos fálicos en este escrito, aunque no sean necesarias las aclaraciones dada tu enorme gilipollez de machito recién castrado).
Lejos de ser este un grito pseudo-feminista diré que no son necesarias tus arrogantes cejas, al igual que imprescindibles son las miradas con las que derrites mis fronteras. Harta y ahotada no sé si de tus inexistentes juegos o de mi imaginaria coquetería, me dedicaré ahora a aprender a jugar a las cartas.
Y es que siempre me he sentido en cierta manera fascinada por el juego de baraja que en algunos bares o residencias de ancianos se profesa. El as de espadas como vencedor absoluto (tal vez esto sí sea una varonil metáfora), boca torcida para el siete de oros, el dos que finalmente vence sobre el uno. Las señas mal captadas, la pareja infinita y compenetrada, las mentiras asquerosas sobre lo que tienes en la mano.
Las mil y una vueltas que he dado para terminar volviendo a hablar de tí.


*fotografías: Harold E. Edgerton

1 comentarios:

Edmundo Mantel dijo...

Querida divinidad;

Me violenta la vista y el alma el ver un plátano asesinado de manera tan cruel.

Cuando hablo de plátano, hablo de plátano; aclaro que no lo digo por machismo ni por eufemismo fálico: sino porque es el asesinato de mi medio de vida.



Perfectos Saludos.